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Mi aduana imaginaria: 5 cosas que me traigo de Alemania (y 5 que dejo allá).

  • Foto del escritor: Micaela Moreira
    Micaela Moreira
  • 22 feb
  • 3 Min. de lectura

Dicen que uno no vuelve de un viaje siendo la misma persona, pero lo que no te dicen es que volvés con la valija llena de hábitos que en Uruguay van a parecer de otro planeta. Después de un año viviendo entre trenes (supuestamente) puntuales, mucho pan negro y una burocracia que ama el papel más que a su propia vida, llega el momento de hacer el balance final.


¿Qué partes de la cultura alemana viviría en el día a día en Uruguay? ¿Y qué cosas estoy deseando dejar en el aeropuerto de Frankfurt para no verlas nunca más?


Cruzar el charco de vuelta implica una mudanza física, pero también una selección mental. Así que hoy les abro mi "aduana imaginaria":


📦 En la valija: Lo que declaro y me llevo a casa

  1. El chip de la separación de basura: Me acostumbré tanto a separar el plástico, el papel, lo orgánico y el vidrio por color, que tirar todo en una misma bolsa en Uruguay me va a dar un micro-infarto de culpa ambiental. Es un hábito que te cambia la cabeza.

  2. Cenar a las 19:00: Sé que suena a sacrilegio para un asado, pero cenar temprano y tener toda la noche para digerir o simplemente descansar es un viaje de ida.

  3. El "Ruhetag" (Domingo de descanso sagrado): Al principio me desesperaba que todo estuviera cerrado, pero aprendí a amar ese silencio sepulcral donde la única obligación es pasear, leer o tomar mate sin todo el ruido exterior.

  4. La libertad del D-Ticket: Tener un pase libre para subirte a cualquier tren regional, bus o tranvía de todo el país por un precio fijo. Esa libertad de movimiento es algo que amaría tener en mi país.

  5. Berlín (entera): Si pudiera meter a Berlín en un bolsillo, lo haría. Esa mezcla de historia cruda, arte callejero, libertad absoluta y esa sensación de que podés ser quien quieras sin que nadie te juzgue es magnética.


🗑️ En el "Lost & Found": Lo que se queda en Alemania

  1. La burocracia analógica: Es increíble que en la potencia de Europa todo se resuelva mandando cartas por correo postal y pidiendo citas presenciales para un sello. Nunca creí que el usuario gub.uy fuera algo que extrañaría.

  2. La frialdad en el trato: Extraño que el "hola" no sea un trámite robótico. Necesito volver a un lugar donde la gente te sostenga la mirada y te pregunte "¿todo bien?" y que le interese la respuesta.

  3. El mito de la puntualidad (Deutsche Bahn): Los que dicen que los trenes alemanes son puntuales es porque nunca tuvieron que hacer una combinación de 5 minutos en Koln. Me llevo el gusto por viajar en tren, pero dejo acá el estrés de las cancelaciones infinitas.

  4. La dictadura del cielo gris: El "Grau" alemán te drena el alma. Extraño el azul intenso de nuestro cielo y esa luz que te encandila hasta en invierno. Acá el sol es una visita ilustre que viene cada tanto.

  5. Planear cada juntada: Eso de tener que fijar un café con tres semanas de antelación me mata la espontaneidad. Dejo acá la agenda rígida y vuelvo al "terminá de trabajar y avisame si estás para un mate" que surge en el momento.


Volver es siempre un ejercicio de selección: qué parte de lo que aprendí me sirve para mi nueva etapa en Uruguay y qué prefiero soltar.

A los que viven afuera o alguna vez volvieron de un viaje largo: ¿Qué es eso que se trajeron en la valija invisible y qué fue lo primero que celebraron dejar atrás? ¡Los leo en los comentarios!


 
 
 

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