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Volver a Uruguay: El arte de desaprender Alemania

  • Foto del escritor: Micaela Moreira
    Micaela Moreira
  • 15 abr
  • 2 min de lectura

Dicen que un año en el extranjero equivale a cuatro en casa, pero nadie te advierte que el mes de regreso equivale a una vida entera de desaprender.

Hace un par de semanas cerré mi etapa en Alemania. Me despedí del pan negro, de los trenes (a veces) puntuales y de esa estructura que, aunque rígida, te da una seguridad casi matemática. Aterricé en Montevideo en marzo, esperando el abrazo del otoño, pero me encontré con una realidad que mi cuerpo y mi mente todavía no saben cómo procesar.

Aquí les cuento mis tres grandes "cortocircuitos" de este primer mes:


1. El duelo frente al contenedor (o la culpa del reciclador)

En Alemania, reciclar no es una opción, es un sistema de valores. Separar el vidrio por colores, el papel por un lado, el Pfand (plástico) por otro... se vuelve un acto reflejo, casi una meditación. Ahora, cada vez que bajo a la calle en Uruguay, me quedo un segundo paralizada frente al contenedor. Siento una culpa casi física al tirar todo en la misma bolsa. Es como si una parte de mí todavía esperara que aparezca un vecino alemán a explicarme que el cartón de pizza no va ahí. Desaprender esa conciencia ambiental "llave en mano" está siendo más difícil de lo que pensaba.


2. La libertad (peligrosa) de los horarios

Extraño, irónicamente, el rigor del Ladenschlussgesetz. En Alemania, si el sábado a las ocho de la noche no tenías leche, aceptabas tu destino: el domingo se descansa y punto. Volver a Uruguay es reencontrarse con el almacén abierto a cualquier hora y el servicio que "mañana te soluciona". Por un lado, es una liberación; por otro, me genera una ansiedad extraña. Extraño saber exactamente cuándo empieza y termina el día de los demás. Aquí, el ritmo es una sugerencia, y yo todavía estoy tratando de encontrar mi compás.


3. El otoño que no fue: Un abril de 30 grados

Llegué en marzo buscando refugio en el clima templado, deseando ese aire fresco que te permite usar una camperita ligera y tomar un café mirando la rambla. Pero Uruguay tenía otros planes. Estamos en abril y el calor sigue ahí, pegajoso y presente. Mi termostato interno está roto. Mi mente me dice que es momento de "bajar un cambio" y prepararme para el invierno, pero el termómetro me grita que el verano no se quiere ir.


Volver no es retroceder

Este mes me enseñó que el choque cultural inverso no es falta de cariño por mi país, sino el resultado de haber expandido el mapa. Estoy en ese proceso de "aduana emocional", decidiendo qué hábitos alemanes me sirven en este calor uruguayo y cuáles tengo que dejar ir para no volverme loca en el intento.

Uruguay me recibe con los brazos abiertos y una humedad que no perdona. Y yo, mientras tanto, sigo buscando el tacho de reciclaje correcto en un mundo que se mueve a otro ritmo.


 
 
 

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