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Lejos, pero en casa

Foto del escritor: Micaela Moreira
Micaela Moreira
24 ene
3 min de lectura

Albus
Albus

Sabía de antemano que Alemania me iba a gustar. De hecho, antes de venir me enamoré de Dresde, y fue la ciudad a la que llegué. Estuve un mes entero y me maravilló, sobre todo su historia. Es poético cómo esa ciudad resurgió después del bombardeo que algunos denominan “la vergüenza de los aliados”.

Pero no quiero hablar de Dresde en este post, sino de otra ciudad, una con la que no tenía ninguna expectativa y que aun así lo superó todo. Hablo de Berlín. Capaz no es ninguna sorpresa, pero a mí particularmente no me llamaba la atención. Lo que más me suele maravillar de las ciudades es su arquitectura, y Berlín no destaca específicamente por eso. No soy una persona a la que le guste salir a discotecas, por lo que toda la escena tecno tampoco me llamaba la atención.


Sí estaba interesada en ver todos los recordatorios tanto de la Segunda Guerra Mundial como de la Guerra Fría. Todos los

que hayan tenido la oportunidad de visitar Berlín sabrán que toda la ciudad es un museo a la vista: trozos del muro, los distintos memoriales, etc.

El motivo que me llevó a Berlín fue cuidar las mascotas de Elinor, una mujer que conocí a través de la app TrustedHousesSitters. Me suscribí a la app apenas llegué al país, pero Elinor fue la primera persona que confió en mí para cuidar a sus mascotas, y eso para mí significó muchísimo. No solo me dio la oportunidad de conocer Berlín, sino también de pasar tres semanas hermosas con Yolandi y Albus, dos hermanos labradores que fueron mi mejor compañía.


Pero volviendo a Berlín, les juro que me sentí local desde el momento en que me bajé del tren. No sé cómo explicarlo: Berlín me era natural, incluso en su caos. Nunca se me hizo tan fácil moverme en transporte público o hacerme una rutina en un lugar nuevo. Dios, amaba esa rutina. Me levantaba temprano, sacaba a los perros en su paseo matutino, volvía, me aprontaba el mate y, si el día lo permitía, salía. Nunca con un rumbo fijo: a veces era un parque, otras simplemente caminar por los diferentes distritos.


Comparsa uruguaya La peregrina
Comparsa uruguaya La peregrina

Berlín también me dio regalos que fueron un shot de energía, como el Carnaval de las Culturas. Es un desfile donde conjuntos de distintas nacionalidades muestran alguna danza típica de su país. Fui con un poquito de esperanza de ver algo relacionado con Uruguay, pero a medida que los conjuntos avanzaban y no aparecía nada, me iba resignando. Hasta que de repente vi a lo lejos la bandera y después escuché los tambores. Las lágrimas inundaron mis ojos de forma inmediata: estaba escuchando candombe al otro lado del mundo. Y el público bailaba. Quiero que entiendan que el público era un 95% alemán, y no bailaron con los demás conjuntos, pero con esa comparsa todos bailaban y aplaudían. Para los uruguayos es casi involuntario: es ley que si escuchamos tambores, sepamos o no sepamos bailar candombe, vamos a bailar igual. Pero ver personas de otro continente moviéndose al ritmo de las lonjas, como uruguaya, me llenó de orgullo.

Me costó mucho irme de Berlín. Por suerte, unos meses después pude volver, esta vez cuidando a una gatita, Cherry.


El solo hecho de estar ahí ya me hacía feliz. No me importaba si llovía días seguidos y no podía salir a la calle: estaba en Berlín, no necesitaba más. Hasta me puse a buscar apartamentos. En ese entonces y ahora, mientras escribo esto, estoy convencida de que voy a terminar volviendo y viviendo ahí.


Me veo ahí, en Friedrichshain, con dos perros y una vida sencilla que se arma de rutinas pequeñas: correr por el Volkspark, perderme entre puestos en Mauerpark, volver a casa con frío en las manos y calma en el pecho. Hay lugares que no se entienden desde la razón, solo desde el cuerpo. Berlín fue eso: una intuición, un hogar anticipado. Y aunque hoy la distancia exista, el regreso ya empezó el día que me fui.

 
 
 

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